martes, 15 de abril de 2008

A NUESTROS MAYORES

A NUESTROS MAYORES QUE YA NO ESTÁN


 


 


La melancolía es ese sentimiento que unas veces nos hace sentir felices recordando tantas y tantas cosas que nos pasaron en nuestra juventud y otras nos entristece al comprobar cuántas personas han pasado por nuestra vida y ya no están.


Esta semana me he enterado de la muerte de “otra de los nuestros”, de nuestro pueblo. Yo apenas la conocía, era hermana gemela de Vitoriano. Le di el pésame y cuando me despedí pensé cómo nuestra gente se va quedando sola, a veces huérfanos, otras viudos/as, o sin nadie de su propia sangre.


Paseo por las calles del pueblo y apenas hay casas abiertas, y las que sí lo están tienen un vacío, un silencio, falta alguien.


Si hacéis un recorrido mental, casa por casa ¡cuántos nos han dejado! Y en especial aquellos que eran jóvenes y dejaron en nosotros un poso de tristeza que el tiempo no puede limar: El abuelín, Prudencio, Ángel el Chupo… Lo de ellos es totalmente injusto. Como si no fuera bastante con aquellos otros que se hicieron mayores. La lista es muy larga y no quiero citar nombres por la prudencia de no olvidar a nadie pero… cada uno/a de los que ya no están han ido mermando la actividad, el ruido… la vida de nuestro pueblo.


Me da mucha tristeza ver los edificios de las escuelas cerradas. Ver la plaza del Carmen, al atardecer vacía. Ver los campos abandonados. Ver que por las calles no pasa ni un solo animal, ni una oveja, ni una vaca, ni un burro, nadie tiene ya cerdos; ya no hay matanzas…no hay majas, no hay chirriar de los carros cargados de hierba, pocas chimeneas echan humo. Ya, a penas, huele a pueblo.


Ellos, nuestros mayores, se han llevado ese ruido, ese olor, esa vida.


Y nosotros, los que les hemos heredado, hemos salido corriendo, hemos huido a buscar otra vida. Y cuando volvemos ya no echamos de menos aquel sabor a pueblo. Solo vamos a estar aquí unos días, tenemos que marchar otra vez.


Cada vez que un mayor se nos va se nos lleva un trocito de nuestro pueblo, deja un hueco que nadie ocupa, y, el pueblo va disminuyendo, encogiéndose, muriendo.


El año pasado ha “desaparecido” otro pueblo de Sanabria, Escuredo. La última señora que quedaba se la han llevado para Madrid. Ya nadie vive allí en el invierno.


Tenemos una deuda con ellos, con los más directos que se nos fueron y con aquellos otros que a penas conocíamos: tenemos que llenar su hueco. Hay que estar aquí el máximo tiempo posible. Tenemos que conseguir que nuestros hijos y nuestros nietos quieran esto, que se sientan vinculados.


Hay que dar facilidades a los que quieran quedarse. Que regresen los que se jubilan. Que no se vaya ni un joven más. Que no se cierren más casas.


Pero, sobre todo, tenemos que estar muy pendientes de los mayores que nos quedan, que a ellos no les entre la melancolía de ver morir a su pueblo.



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